Por Paula Vera
El espacio: un objeto.
Ni extensión, ni distancia, ni parte, ni medio. Irresponsable. Mutante, frágil, portable. Contenedor y continente. Transitable.
Sujetos y objetos se desvanecen unos en los otros, borrando la barrera ficcional que los separa. De repente una naranja se torna sujeto que objetiva cuerpos y voces a su alrededor. Vértices, esferas, rectas, curvas, líneas se componen en un fluir expresivo y comunicante. Ahora, los cuerpos devienen sujetos, y luego objetos y los objetos sujetos y vuelven a mutar. Así indefinidamente.
La intensidad del movimiento incita el cambio de identidades que se delinean siguiendo la cadencia de sus intervenciones.
El devenir ansía colmar de sentido lo indescifrable. Desafiar la abstracción que subyuga lo real y usurpa, sutil, dimensiones corporales y sensoriales.
Multiplicidad fractal. Hundirse, traspasar, saltar, volar, proyectar, expresar, soltar, parar, atravesar, filtrar dejando emerger contextos en ese objeto denominado espacio que se construye a través del movimiento…
Transitar hasta llegar a la instancia sublime en que los cuerpos se desdibujan, flotan, se elevan, se fusionan. Cuerpos que danzan en medio de una atmósfera curiosa. Entran y salen, se pierden, se buscan, se intensifican hasta fundirse y convertirse en espacio… puro movimiento y máxima abstracción.
